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  Manchay Puito

Allá por los años de 1799, en uno de los ángulos de Munay Pata, en Huamanga, habitaba en una casa hermosa y colonial una señora que en sus buenos tiempos, pertenecía a la opulencia. Enviudó la matrona con la muerte de su esposo, la hacienda y rentas mermaban, hasta que cayó a la medianía económica.

En este estado de cosas su hija que era hermosa en gran manera, frizaba sus dieciocho abriles. Alta, blanca de rostro, de ojos azules, cabellera rubia, brazos alabastrinos, cinturita estrecha, piernas contomeadas y bellas como de la Musa o de la Venus griega. Era como para abrir el apetito, al más viejo y cachazudo de los hombre. Se llamaba la preciosa: Carmen de Albornoz.

A varios de los jovencitos, los tenía locos de amor, la linda Carmen, pero a ninguno daba el sí pues la solicitaban en matrimonio; porque parece que la muchacha esperaba algún noble, por lo menos un Vizconde o un Marquesito.

La muy sabidilla, buscaba la de su rango y nobleza, a pesar de que habían caído ella, y su buena madre, en la pobreza económica.

Entre estos, cierto joven, una tarde en la esquina de Munay Pata, esperaba impaciente ver a la Carmencita, y nada para dar siquiera a la ventana. En esto llega otro enamorado, platicaban algo, y se hacían amigos. Poco después llega otro mozalbete gallardo y vivaz; también se hacen amigos. Eran ya dentro de algunos días, los tres jóvenes íntimos. Conversaban sobre Carmencita. En conclusión llegan a descubrirse que los tres estaban enamorados con delirio de Carmen. Pero en lugar de pelear hacen contrato verbal, de aliarse para asaltar en unión a la fortaleza inexpugnable del corazón de Carmencita, porque a ninguno de ellos les daba bola.

Y así los meses corrían, hasta que un día llegaron a saber que Carmen, caía gravemente enferma. Los tres jóvenes entraron a casa, y a cual mejor, uno traía al más afamado médico, el otro las medicinas más costosos, el tercero a la curandera más cotizada; y nada y ndad... para vencer el mal.

La mamá de la infeliz les envitó, al ver las grandes ayudas económicas y buena voluntad de los amigos de Carmen, como se calificaban.

Peró llegó el momento fatal, la muerte, la parca, la feroz, cortó con su guadaña a la preciosa Carmen. La casa se llenó de lágrimas, gritos y lloros.

Para el entierro, los tres jóvenes sacaron de donde no había plata, para la capilla ardiente, cajón lujoso, coronas, hábito de tela finísima, licores para los acompañantes etc, etc.

El entierro fue lo más solemne de esos tiempos.

A eso de las cinco de la tarde, depositaban los restos mortales de Carmen en uno de los nichos del Panteón, y uno de ellos, ponía didimuladamente una señal.

Regresa la comitiva, acompañan a la madre hasta la casa, con la consabida frase de: "todos vamos a morir... que ella nos lleva la delantera... todos somos mortales etc, etc."

La señora expresaba a los jóvenes sus agradecimientos, por todo lo que han hecho por la desventurada y bella Carmen, que fue en vida el cosuelo de sus días.

Eran las diez de la noche, en que los faroles de las esquinas principales de Huamanga apagaban... y tres embozados se dirigian al Panteón... ¡Horror me causa el dar noticia!... Los tres habían jurado, poseer a Carmen de muerta... profanar el cadáver.

Poco después, a eso de las doce, a una de la casa entraban con un pesado bulto. Era el cadáver de Carmen. En un cuarto de uno de ellos la hacen sentar y le cubren de besos... pero piensan hacer otro crimen. Descuartizar el cuerpo, lo tronchan, y sacan los dos huesos fémur de la joven, para hacer un par de quenas, que será el recuerdo imperecedero de Carmen; el cuerpo mutilado, a la noche siguiente lo devuelven al Panteón y lo depositan dentro del ataúd, donde había ido, al lugar de las calaveras el día anterior.

Habían fabricado un par de quenas, y todas las noches se reunían para ejercitarse a tocar yaravíes muy tétricos, y las quenas respondían a la finalidad. Este instrumento se llamaba: el Manchay Puito. Era una quena de mamacc, metida en un porongo, especialmente hecho de barro cocido, con un poco de agua al fondo, un hueco pequeño al lado superior para que entre la quena y dos como para que entren las dos manos, punteada las notas salía una música macabra, triste y espeluznante.

Ya cuando el día de que el Manchay Puito era al gusto de ellos, y lanzaban al aire, una música hermosamente macabra; los jóvenes salían a la calle a media noche, a dar sus serenatas, cuyas notas atraían misteriosamente a las chicas, que salían a sus ventanas, por escuchar aquellos yaravíes.

Cierta noche al pie de la torre de Santa Clara, tocaban una de sus piezas. Una monjita subía a la torre, a dar el alba, pero se había adelantado a la hora, y al oír la melíflua música del Manchay Puito, se detiene a escuchar. Cosa rata, parece que las quenas de los huesos de Carmencita, eran un imán poderoso e irrestible. La monja dá un salto mortal como de veinte metros de altura de esta torre, y se estrelló en los empedrados de la plaza y muere instantáneamente. Los tres jóvenes pasado de susto, no tuvieron otro recurso que llevar el cadáver de la monjita, y darle sepultura en un lugar oculto de Chaqui Huaycco.

Las monjas hicieron bulla a media en toda la ciudad con oficios y cartas dirigidas al Intendente, Cabildo y Señor Obispo, sobre la misteriosa desaparición de la Religiosa; Sor Joaquina de San José.

Algún vecino de la plazuela fue a denunciar, que había oído como que caía un bulto pesado en momentos en que tocaban el Manchay Puito.

El Intendente lanzó un bando prohibiendo que nadie utilizara el Manchay Puito, y dando 15,000 pesos, al que entregase a los que habían tocado dicho instrumento musical, en la noche de mayo de 1807, en que probablemente saltaría la monjita y moría, y su cuerpo era ocultado por los tocadores.

Los tres jóvenes ante el peligro de ser descubiertos emprendían viaje secretamente al Cuzco, donde no se supo más de los tres pretendientes de la bella Carmen de Albornoz.

Juan de Mata Peralta Ramirez
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