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Huamanga tierra de los relatos misteriosos, que al igual del Cuzco, es motivo para escribirle esta tradición.
Cinco Esquinas es ahora lugar de mucho tránsito de carros y gentes, por esta avenida o calle, es lugar por donde salen los carros a Andahuaylas, Chincheros y Cangallo.
En la actualidad, existe una Cruz muy venerada, puesto en una pequeña urna, situada en la esquina que forma el ángulo del convento de los PP. Franciscanos.
Esta imagen es venerada y festejada especialmente por los panaderos.
Por los años de 1774, vivía en esta ciudad, un señor español de muchas campanillas, pues pudo haber sido un Conde o Marqués, por lo menos, poseía varias haciendas y tenía mucho dinero. Vivía en una casa magnífica, situada en la calle "Tambo" actual jirón "2 de Mayo", tercera cuadra.
Era un jugador empedernido, y también un copista de los notables. Jugador de profesión, algunas veces perdía, pero las más de las ocasiones ganaba.
A pesar de sus malos instintos, era devoto y de buena fe. Todas las noches, cuando se retiraba, el camino forzado hacia su casa era "Cinco Esquinas". Cuando pasaba por allí, casi siempre se encontraba, con un viejecito, que le pedía una limosna. El caballero le daba algunos reales y santas pascuas.
Una noche, se retiraba del club, después de haber perdido hasta el último céntimo; su gran anillo de diamantes y hacienda de Pomacocha; iba aburrido y triste. El viejito le pide una limosna "Vea ya mi buen viejito, que no tengo ni un centavo, la única cosa que me ha quedado es este revolver, puedes empeñarlo o venderlo, es tuyo y haz lo que quieras". "Muchas gracias", dijo el vejete.
Al día siguiente, su buena esposa, mujer de alta alcurnia, española y devota, acudía a la Misa en la catedral. Después de la Misa, se arremolinó la gente al altar del Santísimo; la señora asoma a dicho altar, y momento impresionante, reconoce el revolver de su marido. El arma tenía un mango de nácar con dos letras, monograma del dueño.
Todos decían: clérigos y legos; han robado la Custodia, o por lo menos sus brillantes, ópalos o zafiros, pero al revisar, nada faltaba.
La señora al regresar a su casa, le reprende severamente, pues la gente decía: al robar la Custodia, el ladrón por olvido había dejado su revólver.
Le decía la matrona: "Eres jugador, bebedor, pero me maravillo, que hayas llegado al terreno de la ignominia, de ser ladrón de las cosas sagradas, no faltaba más, para la desdicha de tu esposa". Y llorando con una amargura indecible. El caballero cavilaba y decía: "seguro, uno de los compañeros de juego me habría sustraído mi revolver y habría dejado en la Catedral al robar dichos objetos o joyas". Averiguaba... nada para sacar en limpio. Al fin, recordó que su revolver, le dio al limosnero. "Seguramente éste era un maleante, decíase, que disfrazado de mendigo, me ha recibido el revólver, todavía todas las noches me pedía limosna". Al buscar al mendigo. Cosa perdida y pesquisa inútil e infructuosa.
A propósito salía de noche para agarrar al viejo, y nada por encontrarlo. Felizmente, para poner término a sus dudas, el señor le iluminó su mente, que el limosnero era el mismo Señor de cielos y tierra.
Convencido de la revelación divina, seguro de la verdad, publicó delante de sus amigos y mucha gente piadosa, que el limosnero era Dios. Hombre verdadero: Cristo Jesús.
En recuerdo de lo sucedido, hizo levantar aquella urna, con una cruz y la efigie de Jesucristo, como hasta ahora se venera respetuosamente, la Cruz de Cinco Esquinas.
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